Los habanos de nuestra casa que Fidel fumó en su visita a Buenos Aires en 1959.

Eran alrededor de las 11:45 hs. de ese 30 de Abril. Más exactamente Jueves. El taller era un bullicio por las conversaciones de alegres torcedoras que animaban el día con sus historias cotidianas. Yo tenía 17 años y junto a Don Lucas, mi papá, nos hallábamos terminando la contaduría de declaración impositiva de fabricación de cigarros que en ése mes había ascendido a 8.200 habanos.

Contentos por el reciente arribo de La Habana de la motonave estadounidense “Mormayork” que, vía Nueva York, nos había entregado un importante cargamento de capas y capote provenientes de Pinar del Río. Se juntaba con otro que había transportado el vapor “Oriente”. Los rezagos 15ª desprendían el fino aroma que invadía nuestro depósito antes de transformarse en esa exquisita liga denominada “habano”. Eran tabacos adquiridos a las firmas Menendez y Cia. de la calle Amistad 405 y Sobrinos de Antero Gonzalez de la calle Industria 152, ambas de La Habana.

Como era norma de ése entonces, el “chinchal” (cuentapropista), cerraba a las 12:00 horas y abría a las 13:30 hs.. El teléfono U.T. 93-5973 de ese momento, sonó y una voz con dejo caribeño se hizo escuchar. Deseaban 300 cigarros tamaño Corona para el Comandante Fidel Castro y su comitiva. ¿Quién podía creer que el gobierno de Cuba adquiriera nuestros tabacos?

El Dr. Castro estaba haciendo su primera visita a la República Argentina. El éxito de ese entonces, no muy distinto al de la última oportunidad que nos visitó en Mayo de 2003, era descollante. Conferencias en Universidades y decenas de podios y escenarios anhelaban su palabra. Un contexto histórico sobresaliente. La visita prevista de 2 ó 3 días se extendió y ¡¡se quedaron sin cigarros!!. El jefe de la custodia argentina, cuyo padre periodista era cliente de la casa, nos recomendó.

Mi papá, hijo de andaluces, desconfió de la llamada creyendo que podía ser una broma de algún colega e impuso sus condiciones. “Más de las 12:30 hs. no espero”, dijo. Y al colgar el auricular pensaba en quién podía ser el bromista. Sobre las 12:10 hs. un rugir de motos policiales conducidas por personal con guantes blancos de ceremonial, escoltaba a un vehículo negro del que descendieron 3 morenos de impecable traje azul y haciendo referencia a la llamada telefónica pidieron sus tabacos. Los olieron, consultaron la liga y confección: “tripa larga dijo mi padre”, observaron la capa y el armado, visitaron el taller ante la sorpresa del personal y requirieron 300 habanos tamaño Corona. Abonaron los mismos y se fueron como cualquier cliente de la casa.

Afuera, el revuelo: los vecinos, las preguntas, etc.. Hoy es anécdota. Años después, 44 más exactamente, la visita de Fidel a Buenos Aires nos reprodujo nostalgias. Alojado en el Hotel Four Seasons, intenté hacerle llegar una carta con algunos tabacos de obsequio recordando ese momento de nuestra casa y algún recorte periodístico evocando el momento. Su custodia, simpáticamente nos dijo: “Oye, tu sabes que de las 1.000 oportunidades que intentaron atentar contra Fidel, 600 fueron con tabacos, así que difícilmente les lleguen”. Guardé mi nota comprendiendo la situación y solemnemente me fumé los cigarros destinados al ilustre visitante.

 


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